miércoles, 20 de febrero de 2019

CECILIA MOLINA: UNA VOZ DULCE PERO IMPONENTE. Por BRYAN POETT



                                                        CECILIA MOLINA: LA POETA.


 Es una poesía mujer, escrita desde la sazón última de la palabra que llega, más allá de los símbolos a los orígenes de ellos, a los lugares impropios, a los centros donde nacen, viven y conjugan, con muertes y con vidas, con momentos de amparo y de otros abismos, la soledad y el amor que no sabemos si existe, si lo inventamos, si creemos en él o nos pronunciamos en contra. Todo eso es ser poeta y Cecilia lo es, lo es en la fuerza, lo es en la presencia de ese yo radical pero noble, en esa voz cuyos imanes corren por la sangre de los vivos.
Ana María García


Es que es eso, en esencia, Cecilia Molina: una voz dulce pero imponente que defiende y revindica el valor de ser mujer. Actúa y convive en sociedad con un cierto temor, pero con una fuerza natural que le permite revelarse y lanzar su grito de desagrado a través de sus versos.
 
Su poesía, no desciende de Magda Portal, ni siquiera de Blanca Varela o María Emilia Cornejo (tres poetas peruanas que ejercieron una fuerte influencia en la poesía escrita por mujeres después de los 90). Cecilia Molina ha sabido abrirse un espacio propio en la literatura. No se ha detenido a cantar la rosa cantada por tantos otros, ni la lluvia que estalló en otros patios y otros caminos. Por el contrario, la poeta ha creado sus propios moldes y modelos en los cuales germinó y desarrollo su voz poética. Su obra surge de ella misma, con esa voz potente, dulce y la vez irónica que conlleva a los lectores a buscar en la poesía ese equilibrio de valor humano que alimenta y ensancha la existencia del hombre sobre la tierra.  

 Para dar fe de lo que acabo de decir, citaremos los siguientes versos, en donde la poeta nos deja entender con precisión su postura como mujer frente a una sociedad aberrante, machista y monstruosa, que es la forma como la concibe desde el yo poético, Cecilia Molina. Y nos dice:    

“No soy aquella que tu quisieras que fuera…

Esa es Cecilia Molina, una voz femenina y una mujer rebelde que sabe decir no, no quiero, no me da la gana de ser lo que tú (la sociedad o el sistema que mueve el mundo) quieren que sea. Eso es el grado más alto de rebeldía o revolucionario que puede alcanzar una persona; y Cecilia Molina lo es, en su voz, en su fuerza, en su virtud, en su obra y su vida.

Líneas más abajo, en el mismo poema, nos dice:



Soy el recuento de tantas voces…”

Si bien es cierto y con razón suficiente, hemos dicho que…, la poesía de Cecilia Molina nace y germina de Cecilia Molina. Pero en el acto de escribir y el yo poético, la poeta se disgrega en tantas otras voces que sienten la misma necesidad de expresarse y ser escuchadas. Dicho de otro modo: La voz del poeta, en este caso, de la poeta Cecilia Molina, es el conducto o medio a través del cual, se deja escuchar la voz de una sociedad o sector determinado. Y eso hace que el lector sienta esa presencia viva, ese cálido latido de aliento, o se descubra así mismo en los versos de la poeta.

Ya lo dijo Miguel Hernández, en una carta, bellísima pieza literaria, dirigida a su amigo y maestro, Vicente Aleixandre…

Los poetas somos viento del pueblo; nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas (…) El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo
  
En ese mismo paradigma podríamos decir que, la tarea de un poeta o principio fundamental de todo creador…, es defender la vida. Hacer posible el amor entre los seres vivos sobre la tierra. Humanizar la sociedad, al menos, intentar mejorar el mundo, ese pedacito de tierra o medio en el que uno vive y es parte. Cecilia Molina lo entiende de esa manera. Habla de amor, pero no de ese amor cursi, inútil y romanticoide que compara a la mujer con una estrella o una rosa. Cecilia nos habla del amor, pero de un amor muchísimo más profundo en la extensión máxima de la palabra. Ese amor -social humanista- que no solo une a las parejas de enamorados, sino que es el cordón umbilical que conecta al hombre con la sociedad, con un cierto temor o precaución, pero que lo hace interactuar y moverse de una manera más razonable y justa. 

En otro de sus poemas, Cecilia nos dice:

Un día, fuimos huevo de inocencia…
Éramos peces de un solo mar…
Ahora caminamos sobre la tierra, bípedos
Voraces devoradores, pensantes
Calculadas las horas. Muertos

Estos versos muestran claramente el desarraigo y desencanto de la poeta sobre la humanidad. Alinea su pensamiento al enfoque filosófico de Jacques Rousseau quien dijo que: "El hombre nace bueno, la sociedad es quien lo corrompe" Pero, la poeta Cecilia Molina agrega además, al pensamiento de Rousseau, algo de igual envergadura e importancia y dice: “Fuimos huevo de inocencia / Éramos peces de un solo mar…” Más allá de la belleza del arte y el tratamiento la palabra, estos versos nos dan a entender que, para Cecilia Molina: el hombre nace libre, libre de toda conjetura prejuiciosa que daña y divide a la sociedad en clases, religiones, costumbres…, o cualquier tipo de señalamiento bastardo que se ha utilizado, irresponsablemente, para diferencia a un sector de otro. “Ahora caminamos sobre la tierra, bípedos / Voraces devoradores…” quizás estos versos sean la radiografía perfecta del hombre actual. Y Cecilia Molina lo dice, de una manera magistral y hermosa que no nos queda a sus lectores, nada más sino leer sus versos y detenerse a pensar en las generaciones que están en camino y la miserable herencia que recibirán de nosotros, que no sabemos vivir en sociedad y no entendemos el verdadero valor de la vida y el mundo que nos rodea.    

A pesar que, para algunos falsos críticos y malos lectores, los versos que hemos citado pueden parecer decadentes y hasta transitorios en el tiempo; y bien puede ser entendido, en cierta medida por la escases de lectura y la falta de análisis. Pero la poeta Cecilia Molina, a través de sus versos, no ha hecho sino enfrentarse a este flagelo decadentista. Su arte “no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”, como afirmaría Bertolt Brecht, en su definición sobre el arte.   

Cabe decir, a modo de conclusión: La esencia o la luz de la poesía de Cecilia Molina, es un arte femenino: “Una mujer está –siempre más allá de la mitad de la nada”, nos dice uno de sus versos en la que anltese y revindica a la mujer, ubicándola en el -tiempo y el espacio- como un ser superior que está siempre más allá del todo. Porque, la “nada”, significa para la poeta, el punto de partida del “todo” y el todo, es la forma como ve Cecilia Molina el mundo, disgregando desde la cumbre más alta a su partícula más diminuta.

Entonces, toda su obra es un arte comprometido con las causas nobles. A menudo, muestra su preocupación por la vida y el devenir del hombre. Gracias a su imaginación nos permite soñar, amar, vivir y también despertar nuestra conciencia y revelarnos ante cualquier grupúsculo o adversidad. 


Esta aquí con nosotros, Cecilia Molina. Y lo seguirá estando porque, su poesía va trascender hacia las próximas generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos lectores, leerán sus versos con ese mismo interés y entusiasmo que nosotros lo hacemos hoy.    



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