viernes, 5 de junio de 2020

CARLOS AUGUSTO SALAVERRY: EXPONENTE DE LA LÍRICA PERUANA DEL SIGLO XIX. Por TEODORO J. MORALES.




CARLOS AUGUSTO SALAVERRY: EXPONENTE DE LA
LÍRICA PERUANA DEL SIGLO XIX

Escribe: Teodoro J. Morales.


Casi todos los poetas- tienen vida de leyenda, las que parecen historias inverosímiles, pero, en verdad, esas vidas estan llenas de sucesos en los que asoma el dolor, la tristeza, y también conoce de la alegría y de grandes triunfos.
 
Carlos Augusto Salaverry, nació en la Hda. La Solana, (distrito de Lancones, provincia de Sullana). Sus padres fueron el Coronel Felipe Santiago Salaverry del Solar y Vicenta Ramírez Duarte. Fue bautizado con el nombre de Carlos Avelino, se ignora el motivo por el que más tarde fue cambiado por el de Carlos Augusto. El poeta, creció y se educó el Lima, bajo los cuidados de Juana Pérez de Infantas, la esposa legitima de su padre.
 
Muerto su padre, siguió a su familia en su destierro a Chile, y solo pudo retornar al Perú en 1839.
A los 15 años de edad, ingresó al ejército en calidad de cadete, en el Batallón Yungay (1845).
A los veinte años se casó con Mercedes Felices. Luego conoció a Ismena Torres de quien se enamoró, “Cartas a un ángel” habla de ese idilio suyo.
 
En 1853 ascendió a Teniente, y en 1855 a Capitán. Trinidad Fernández, amigo suyo, posibilito que sus primeros poemas se publicaran en EL HERALDO de LIMA en 1855, los que firmaba con las iniciales de su nombre. Entonces tenía 25 años de edad; por esos años, también, se estrenó sus primeros dramas “Arturo”; “Atahualpa o la Conquista del Perú”; “Abel o el Pescador americano”; y, “El bello ideal” (1857), escritos ellos en cuatro actos y en verso.
 
Salaverry, después de publicar el poema filosófico “Misterios de la Tumba” (Lima, 1883), viajo a Europa, donde contrajo matrimonio por segunda vez en París
El poeta falleció el 9 de abril de 1891, en Paris. Sus restos fueron repatriados en 1964 a su tierra natal, y descansa en el Cementerio San José de Sullana.

Fue Imelda Torres, la mujer que mejor comprendió al poeta, y la que con mayor eficacia contribuyó a salvar su espíritu de la depresión moral en el que lo había sumido aquel amor desgraciado que trunco sus sueños de adolescente. Su personalidad bohemia, sus aventuras y su vida desordenada, hacen que los padres de Ismelda se opongan al amor de ambos, y resuelvan trasladarse a Europa para poner entre los dos amantes la distancia y el tiempo. Años más tarde Ismena se casó. Salaverry escribe el soneto “Tu desposorio”:

“Los dos te amamos con ardor constante
Y cual si hubieras para dos nacido:
Yo, sólo de tu pecho amé el latido,
Él, sólo de tus formas lo arrogante.
(…)
Dios te hizo para mí; no es él tu dueño:
Si es suyo el beso de tu dulce boca.
Es de tus labios para mí el suspiro”.

Su poesía se reúne en cuatro libros: “Diamantes y Perlas” (1880), sonetos diversos, entre circunstanciales, amorosos y festivos; “Albores y Destellos” (1871), poemas de temas político-sociales, y los que tratan asuntos metafísicos; “¡Acuérdate de mí!” (1871), los temas amorosos y eróticos; “Cartas a un Ángel” (1871), Alberto Escobar, dice “Por ser libro de amor… es al mismo tiempo, canto de dolor, a la ausencia, al pasado feliz, al sentido del tiempo; perspectiva amatoria que poseyó como pocos poetas peruanos.; y, “Misterios de la Tumba” (1883), poesía de reflexión filosófica.

Carlos Augusto Salaverry, sin duda, es el máximo representante del romanticismo poético; junto a Ricardo Palma, es una única figura del romanticismo peruano que ha sobrevivido literariamente a su tiempo, la Generación conocida como la “bohemia de su tiempo”, en la que se encuentran Clemente Althaus. Manuel Nicolás Corpancho y Arnaldo Márquez, quienes apenas si son recordados.
José Miguel Oviedo, afirma que “Él, es un poeta sentimental, amoroso por esencia, y la expresión de su mundo erótico constituye la raíz misma de su poesía, la médula de su inspiración”. La característica más notable de la poesía salaverriana es su sentimentalismo lacrimoso”. El amor, es otro plano que definió su personalidad de poeta. Hay que reconocer que si en algún momento Salaverry es sincero, tiene que serlo cuando escribe estas poesías”. Si bien es cierto que el amor fue una fuente constante de inspiración, no podemos desconocer otros planos tales como “ la ternura”, “el odio”, “la pasión”, “la voluptuosidad”, aunque lo último con menos frecuencia.

Los sentimientos sociales –nos dice- Alberto Ureta que mejor expresa Salaverry, son el amor a la patria, la pasión por la libertad, el culto de los héroes, la devoción al progreso; es decir, todas aquellas inclinaciones que la revolución americana y los generosos ideales de la época hicieron brotar en los espíritus”. Salaverry fue un idealista consumado, su mentalidad pequeño burgués, no le permitió ver el fondo de la realidad social. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el poeta cantaba una “independencia”, más no así una “Liberación”. I todo es perdonable, porque el fue el reflejo del pensamiento de una época.

Alberto Ureta, dice “su producción en este género fue muy abundante”, “muchos de los dramas que escribió llegaron a alcanzar gran éxito en los teatros de Lima y aún en algunos otros de sed-américa”. “Ha cultivado – dice, José Domingo Cortez- el género lirico y dramático, llegando a ser en el último una verdadera reputación literaria”.

En Teatro, se publicó de él: “Atahualpa o la Conquista del Perú” (1854); “Abel o el pescador americano” (1857); “El bello ideal” (1857); “El amor y el oro” (1861); “El pueblo y el tirano” (1862); y “La Estrella del Perú” (1862).

En las obras dramáticas de Salaverry coexisten las tendencias del teatro español del Siglo de Oro y del romántico francés de la pasada centuria. A esa conclusión llegó Alberto Ureta en su obra “Carlos Augusto Salaverry”.

El Romanticismo, para él, tuvo un sentido trascendental e importante. No sólo redimía el arte de los viejos y estrechos moldes del clasicismo, no solo elevaba el espíritu a las puras regiones del ideal, exaltando los que hay de más noble en nuestras facultades efectivas y remplazando el predominio de la razón por el del sentimiento; sino que también y sobre todo, traducía, en el arte, el precioso principio de la libertad. La misma aspiración que había “dado vida en literatura al romanticismo”. Así como el romanticismo era en literatura lo que la libertad y la democracia en la vida de los pueblos, así el clasismo, representaba, por el contrario, la esclavitud, la monarquía, el absolutismo en el mundo literario. Así lo había visto el poeta.

El romanticismo de Salaverry tiene los mismos caracteres que el europeo, menos uno: el elemento tradicional.

El acierto de Salaverry consisten en mantenerse al margen de aquella corriente malsana e impropia que “daba lugar a una poesía artificial y amanerada que hacía más palpable el servilismo de la copia”. En sus versos n o encontramos un solo acento que delate el propósito de hacer literatura con temas importados. El poeta no es colorista, ni intenta dar la impresión de las cosas decir viéndolas; le basta una palabra o una frase para sugerir el estado de ánimo que en él ha su citado un bello espectáculo de la naturaleza. 

Pero donde el alma se muestra más fecunda en emociones y su plectro más pródigo en bellos acentos es en la poesía amatoria. La elegía “Acuérdate de mi”, la más citada y la que más elogios ha merecido entre las poesías de Salaverry, bastaría para inmortalizar el nombre del poeta.

“Pues tu recuerdo mi memoria asalta,
Y a pesar tuyo por mi amor suspiras,
Y hasta el ambiente mismo que respiras
Te repite mi amor¡
Oh! Cuando vea en la desierta playa,
Con mi tristeza y mi dolor a solas,
El vaivén incesante de las olas
Me acordare de ti;
Cuando veas que un ave solitaria
Cruza el espacio en moribundo vuelo,
Buscando un nido entra la mar y el cielo
Acuérdate de mí”.

A la variedad de asuntos y de géneros corresponde una variada estilística. En las composiciones patrióticas es vehemente y enérgico. En otras composiciones, y especialmente en las filosóficas, el estilo es abundante y variado. Si en las composiciones patrióticas y filosóficas se nota una marcada uniformidad en el estilo, vemos que no sucede lo mismo en las amatorias. El poeta conoce mejor el valor de las palabras, y sabe ordenarlas con maestría, cuidando más de la corrección y aliño de la frase que el efectivismo de las galas retóricas.

La forma elíptica que emplea con demasiada frecuencia en la construcción de sus períodos, desluce la belleza de algunas composiciones. En cambio, es admirable el acierto y buen gusto con que el poeta escoge las figuras y demás adornos literarios de su lenguaje poético.
En cuanto a la versificación, Salaverry poseía una apreciable habilidad técnica, habilidad que supo perfeccionar en sus últimos años con la experiencia y el estudio. Sus versos son fáciles, fluidos, armoniosos:

“Cuentan que tuviste enojos
De mi apasionado exceso; (sic)
Y que, en púdicos sonrojos,
No alzabas a mí los ojos”.

De su composición “La Mujer y la Flor”, tomemos aquello que dice:

“No busco yo en las flores
La más hermosa,
Sino la más humilde
Bajo sus hojas”.

De él quedará lo que debía quedar: el murmullo dulce y leve de su alma entristecida; la queja natural y espontánea de un dolor renovado eternamente, que se hace poesía al conjuro de la evocación y del recuerdo. Quedará, porque es la poesía verdadera; la poesía sencilla, cuya forma tienda a seguir las líneas ondulantes del espíritu, para dejar ver en toda su pureza, la íntima profundidad de la vida interior.

En definitiva, Carlos Augusto Salaverry, es el mayor exponente lírico de la generación romántica y por ende de la lírica peruana del siglo XIX. Su poesía, se distingue por la “dulzura melancólica de su alma apasionada, por el elegante pesimismo de su actitud ante la vida y por la emoción colorista que anima su intimidad desgarrada”.

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