martes, 16 de agosto de 2016

POEMA DE LA EXTRAORDINARIA POETA PERUANA, CECILIA MOLINA, DESDE EE. UU.

(En los años 90 del siglo pasado, surgieron maravillosas poetas nacidas en el Perú, como Roxana Crisólogo, Ana varela Tafur, Ana María García. Cecilia Molina. De esta última, publicamos un adelanto de su próximo poemario. que nos ha sido enviado desde la Tierra del Tío Sam.)





                                  DEHADOS

                                   I
Huerto,
mi huerto...
Única paz que alcanzo en la sonrisa de la sandía,
en la pepa del girasol que descansa en la palma de
una mano escondida entrelazada con arbustos
de comillas-sangre cada 28 días,
que se borda en la boca, que todo lo dice.
"Dehados", respira-exhala-eructa
como si solo de eso se tratara.
Abraza la tarde en camas de secretos tullidos y
une la paja gastada en la punta de la lengua
de tanto ver mi huerto.
Huerto ciego...
Velero que navega sobre el mapa astral de
una vieja aburrida,
escombro en un horizonte amarillo,
—a veces azul como el aro del cielo-,
como estera de un bar, como soplo de agua boca;
respira la mañana en tu piel introito,
en el lunar de tu dedo meñique,
aquel que habla sin desconcierto,
sin prisas           pero
con miedos que gritan a golpe de medianoche
entre los cantos de lechuzas, entre tu mirada insomne y la mía.


                                    II
El desconsuelo,
el crepitar de las hojas en los parques,
que no tienen hospedaje
                                para la muerte.
El cementerio abre sus puertas
de par en voz...
Yo miro tu camino sembrado de mí,
entre sémenes.
La noche deshierra buzones vacíos de
luces entre tus cariños y la sombra,
en una vereda de un camino sin rumbo,
en alguna roca de carmín como voz olvidada
                                          en algún santuario.
Yo soy la voz...            Tú el camino...
Miro como entremezclas las cervezas de la noche
de hombres sin corazas,
perdidos en algún descorche,
extraviados en la orilla de la luz.
La felicidad irrumpe en labios de metal
                                           fundido hierro,
me echo de manos sobre tu cuerpo,
hilo deshilachando el comienzo de la burda
tranquilidad.
Me suicido sin pena todos los días,
en las mañanas abatidas con el desayuno,
y muerta yazgo en las noches, en el oasis

del exhalamiento.



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