martes, 25 de julio de 2023

MÉXICO LINDO Y QUERIDO. Por Eduardo González Viaña

 


MÉXICO LINDO Y QUERIDO

Por Eduardo González Viaña


“México lindo y querido: si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”.

 

En mis recuerdos, asocio esta canción con los dos únicos cines que había en mi pueblo. En uno de ellos solo se proyectaban películas mexicanas. Nos llamaba la atención que los personajes de aquellas proyecciones fueran tan parecidos a nosotros y que sus paisajes, incluso, no necesitaran “disfraz” alguno para que los identificáramos con los nuestros.

Pienso que el cine mexicano nos hizo latinoamericanos. Diseñó para nosotros una nacionalidad más vasta, además de la peruana, donde la gente no solo habla el mismo idioma, sino que se identifica y reconoce en historia, problemas, aventuras y alegrías similares.

Pedro Infante, Jorge Negrete, Cantinflas, María Félix, Dolores del Río, Elsa Aguirre y Silvia Pinal, entre otros actores, vivieron entre nosotros y nos hicieron sentir que su mundo era el mismo que el nuestro. Acaso nos mostraron también lo que significa ser latinoamericano.

Recuerdo esto a raíz de que algunos medios de prensa actuales se están esforzando por producir notas desagradables sobre el país azteca y su presidente; aunque, por más que lo intenten, no lograrán trastocar nuestra sensibilidad más profunda.

Aquellos medios y periodistas tal vez suponen que, con ofensas y gratuitos ataques, apoyan al gobierno peruano en el diferendo que sostiene con AMLO, el mandatario mexicano.

Para nadie es un secreto que la razón de estas discrepancias se encuentra en la concesión del asilo político al destituido presidente Pedro Castillo. Sin embargo, resultará muy difícil, si no imposible, que por tal camino se cambie esa decisión, toda vez que el país de Zapata, de Diego Rivera y Frida Khalo, entre otros grandes, mantiene y respeta una antigua tradición humanitaria de extender el asilo a los perseguidos del mundo.

Recuérdese entre quienes recibieron el amparo de México a Giuseppe Garibaldi, José Martí, Víctor Raúl Haya de la Torre, Hortensia Bussi de Allende y León Trotsky. Y esa lista no termina si añadimos también los nombres de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Luis Buñuel, León Felipe y Rigoberta Menchú.

En los días feroces de la captura de España por el nazi-fascismo, vale decir por Francisco Franco, barcos enteros llevaron a los puertos mexicanos a unos 120 mil españoles que huían de la sed de sangre del dictador, ya que después de la derrota, tan solo se dibujaban para ellos la cárcel y el patíbulo en la patria o los campos de concentración en la Europa ocupada.

Piénsese también en los millares de niños judíos que tuvieron que huir de Hitler tan solo por no pertenecer a la supuesta raza superior. De no ser por el apoyo mexicano, el barco en el que viajaban tendría que haberlos llevado de vuelta a un campo donde los esperaba el horno crematorio.

La preocupación del actual presidente de México no es nueva. Proviene, como vemos, de una larga tradición que convierte a este país en líder en el mundo en cuanto concierne a la defensa del derecho humanitario.

Además, hay reciprocidad en la preocupación mexicana. Cuando ese país fue invadido por los imperios europeos, el joven embajador peruano Manuel Nicolás Corpancho arrendó decenas de casas, albergó en ellas a los patriotas y levantó la bandera peruana para concederles asilo.

El gobierno de Maximiliano lo echó del país en 1863, al mismo tiempo que lo acusaba de entrometerse en asuntos internos del país, condenaba su supuesta conducta terrorista y calificaba su actitud de “en extremo hostil.”

El embajador peruano se fue el 9 de septiembre de 1863. Se embarcó en Veracruz rumbo a La Habana.

La nave fue consumida por un extraño incendio y allí terminó Manuel Nicolás Corpancho, cuando no tenía ni 33 años.

De regreso al poder, Benito Juárez proclamó su gratitud a nuestro país decretando que todos los peruanos tenían también nacionalidad mexicana.

Por eso, somos peruanos y mexicanos a la vez y, alguna vez tendremos todas las nacionalidades de una América unida por su identidad histórica.

Mucho nos ha enseñado el viejo cine mexicano y con inmensa gratitud podemos seguir cantando “México lindo y querido…”

 

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